jueves, 23 de febrero de 2017

Psicogeografía

A veces me hastío de tanto asfalto y salgo a dar vueltas en bici a la deriva sin reloj y cuando menos me doy cuenta ya estoy en Baigorria. Me dejo llevar por la música. Juego a hacer psicogeografía a lo Guy Debord. Algunas tardes de verano pueden ser asfixiantes, pero suelen ser aquellas que regalan los atardeceres más preciosos. 
Cae el sol y la belleza del río se realza con mi tonalidad del cielo preferido: esa mezcla de amarillo anaranjado, de rosa clarito y celeste puro. Las nubes se tiñen de amarillo pero a la vez parecen de algodón. Los últimos reflejos del sol producen un tono de luz surrealista que enaltece los árboles y hace que brillen aún más la gama de los verdes. La ceiba rosea florecida se lleva el premio a la belleza propiamente dicha. Hasta la maleza epífita de los claveles de aire que crecen anárquicamente sobre los cables tienen ese toque de naif que los hace agraciados al contraste de la perfección de ese cielo. 
Una vez alguien me dijo que en la ciudad extrañaría y algún día anhelaría volver al pueblo en dónde viví gran parte de mi vida. Es una mentira falaz. El tesoro de mi infancia son los recuerdos difusos que me hacen buscar en la ciudad las reminiscencias de mis primeros cinco años viviendo en el campo. “Le vert paradis des amours enfantines”. Suele ser allí dónde mi mente habita cuando se pierde en la nostalgia. 
En mis auriculares suena la versión de Zona de Promesas que Gus canta con Mercedes Sosa. Estoy re-enamorada de mi soledad. Pese a ello, al volver a mirar el cielo tan perfecto -que ahora se tiñe de azul turquesa y de un rosa que casi es fucsia-, y al bajar por las pendientes mientras las ruedas de mi bicicleta se convierten en alas; no puedo evitar dibujarte… ahí, dónde no estás. Anochece. 
Igualmente sonrío. Soy feliz. Porque la mágica sensación de libertad de volar con la bicicleta en picada es de las contadas emociones que conservan la plenitud de su intensidad tanto a los 5 años como a los 27. Me alejo de la costanera, vuelvo a ser un número más entre tantos edificios. Regreso a mi trinchera y cierro los ojos. Las nubes de algodón siguen ahí.

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